Esos misterios femeninos

Cuatro amigas quedaron en encontrarse en la puerta de un bar de Alta Córdoba. Era la inauguración de lo que prometía ser uno de esos espacios que pronto se pondría de moda y que más tarde, claro -como sucede siempre en este rubro- caería en el olvido.

Mientras se encargaban de degustar tragos, probar canapés desabridos, fisgonear hombres y criticar mujeres, hablar del trabajo, de los planes para las vacaciones y de emitir frases típicas a esta altura del año: “¡viste lo rápido que pasó!” “¡ya estamos en octubre!”, mientras todo esto pasaba, se sumaron al grupo dos amigos. Charla va, charla viene, trago va, cerveza viene, las necesidades fisiológicas comenzaron a hacerse presente, principalmente entre las mujeres que ya sumaban varias horas de tertulia y vasos.

- ¿Me acompañás al baño?- preguntó una
Y allí fueron las dos, abriéndose paso en medio de la multitud, buscando el reducto salvador de vejigas hinchadas.

La escena –para ellas- no escapada de la normalidad femenina, sin embargo, uno de los caballeros presentes, con cara de “siempre quise saber esto”, se animó a preguntar “¿por qué las mujeres van de a dos al baño (dos como mínimo)?” “¿cuál es la necesidad de ir acompañadas?” “¡¿y que hacen en el baño?!”.

Ellas comenzaron a elaborar teorías varias del por qué de este rito que, es cierto, se da con exclusividad en las mujeres, de ahí que los hombres no comprendan semejante comportamiento (como tantos otros… )

Después de algunas deliberaciones se llegaron a algunas posibles respuestas:

Del tipo “funcionalista”
● Ir al baño de a dos es útil porque: generalmente las puertas de los baños de bares, boliches, estadios, pubs y otros no se pueden cerrar bien. Siempre queda esa sensación de que “alguien me está mirando del otro lado” entonces, viene el pedido de amiga: “me tenés la puerta” y si las puertas no cierran bien, menos vamos a encontrar un perchero, así que la amiga sirve también para sostenernos la cartera.

● ¿Qué pasa si no hay papel? Tal vez la amiga tenga. Mejor entonces invitarla y que se una al toilette tour.

● Nunca falta que alguna quiere hacerse un retoque entonces ahí es cuando comienza el tráfico de brillo labial, rouge o rubor (cosméticos que estadísticamente son los que más se comparten en el baño).

Del tipo psico-relacional
● Si una mujer le pide a otra que la acompañe al baño es porque puede ser un poco (o muy) insegura. No le gusta captar todas las miradas de los/as que se quedan en la mesa o barra. Si va con otra, la atención está, digamos, distribuida en dos.

● En los boliches, principalmente, los baños suelen estar bastante lejos del sector de barra o tragos, entonces hay ciertas mujeres que le da una especie de ataque de pánico el sólo de hecho de pensar que deberán encarar solitas a esa multitud que danza frenéticamente. “¿Y si pierdo a mis amigas?” “¿y si me dejan sola”?. Entonces es preferibles, claro, ir de a dos, al menos dos mujeres perdidas, ya no están tan perdidas.

● Las mujeres, señores, van juntas al baño, ¡para hablar de ellos!

Y acá, hay varias combinaciones posibles
● Si las dos son amigas y están con hombres que apenas conocen, ¡no se guardarán nada! Todo de ellos es criticado y/o elogiado, dependiendo del caso. Y si después del baño, no vuelven… ya sabés por qué es…

● Si las dos son apenas conocidas y están con sus respectivos maridos o novios, todas serán flores: comentarán la magnífica relación que tienen y los felices que son (aunque, por supuesto, no todo sea ciento por ciento verdadero).

● Si las dos son amigas y están con sus respectivos maridos o novios, ahí sí, los sanitarios serán testigos de un relato más o menos cercano a la realidad.

Claro que, como todo en la vida, no hay una única respuesta y desde luego, las categorías no se acaban aquí… Este es sólo un esbozo para comenzar a “desburrar” hombres curiosos de algunos misterios femeninos.

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Esas amigas frívolas

“Señorita Frívola” es una de esas amigas que uno mantiene sólo porque con ella puede actualizarse de todo lo que está a la moda, del flamante tratamiento para la celulitis, y enterarse de los últimos chismes de la ciudad. También es posible tener una conversación medianamente interesante, pero muy de vez en cuando.

Es que Señorita Frívola no es una de esas amigas que uno conoce por afinidades o gustos comunes. Ella es producto de esas herencias que dejan parejas anteriores: es la esposa del mejor amigo de un ex. Y después de cinco años de noviazgo, ya estaba, irremediablemente, en la lista de “amigas”.

A Señorita Frívola no le importó la ruptura de su amiga (a la que llamaremos “Chica Superpoderosa”) con “Señor Ex” y acordaron continuar viéndose, como si (casi) nada hubiera cambiado.

Pero pasado el tiempo, las cosas irremediablemente tenían que cambiar: Sr. Ex ya tenía nueva novia, Chica Superpoderosa estaba saliendo con un hombre atractivo, más chico que ella, que superaba en charme, encanto e inteligencia a Sr. Ex, y Señorita Frívola se había convertido en la gran “lleva y trae”. Le encantaba hablar mal de la actual de Sr. Ex. Disfrutaba, es más, gozaba contándole a Chica Poderosa la “poca clase” que tenía “la nueva”.

Y llegó el cumpleaños de Señorita Frívola. Repartió invitaciones para todos lados, para uno y para otro. Claro que ninguno quería asistir a la fiesta: Chica Superpoderosa no quería encontrarse con Sr. Ex y Sr. Ex no quería darse de bruces con la triste realidad y conocer finalmente al joven y apuesto actual novio de Chica Superpoderosa.

Pero Señorita Frívola se encargó de engañar a sus “amigos”, diciendo a un lado y al otro, que ninguna de las dos parejas asistiría a su fiesta por tener otros compromisos. Y allí fueron todos. Vilmente engañados.

Sr. Ex y su novia se encontraban disfrutando de unos ricos bocaditos cuando se abrió la puerta y ahí entraron ellos: Chica Superpoderosa de la mano de su novio.

Blancos como papel. El aire se podía cortar con un cuchillo y Sr. Ex se había puesto visiblemente nervioso. Fue el más evidente. Se atrincheró en un rincón, tomó a su novia de la mano y se encargó de mantenerse lejos de Chica Superpoderosa y su galán.

Nadie se atrevió, esa noche, a pedirle una explicación a Srta. Frívola. Pero al día siguiente…
–Lo hice para divertirme. Para ver la cara que pondría Sr. Ex al verte entrar con semejante bombón, le dijo a Chica Superpoderosa.

Lo que Señorita Frívola no sabe es que Superpoderosa casi pierde a su bombón por llevarlo esa noche a la boca del lobo.

Definitivamente, hay personas a quienes ni siquiera vale la pena saludarlas para su cumpleaños. Y menos, llevarles un regalo. Después de todo, ¿para qué empecinarse en mantener una amiga que nunca lo fue?

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Las casitas

Después de dudar, dar vueltas y volver a dudar, mi amigo Cristian se tomó unos días de descanso en el sur. No se convencía de ese destino por el clima, los costos que debía afrontar, la distancia que tenía que recorrer… Pero bastó para que nos sentáramos a tomar un café, le cuente de las bellezas naturales de Santa Cruz, le muestre un álbum repleto de fotos, para que el muchacho fuera derechito y sin escala a sacar un “boleto para pasear” por los confines del sur.

Antes de subirse al colectivo mi amigo inexperto en viajes patagónicos me preguntó por “las casitas”, ya que alguien le había recomendado visitar ese “lugar” cuando llegara a Río Gallegos. “Y bueno, andá a conocerlas, es parte del folklore…”, le contesté.

Miró desconcertado como preguntándose ¿Qué tendrá de interesante unas casitas?
Es que la “zona roja” de Río Gallegos tiene ese nombre: “las casitas de tolerancia”, le llaman. Son tres manzanas en donde las chicas se exponen en la vidriera, tal cual Ámsterdam. Este “barrio” está cerca de la ruta 3, apenas uno va ingresando a la ciudad, atrás de la Terminal de ómnibus.

Seguramente en un principio esta idea nació porque el frío y el viento impedían realizar la actividad en la vía publica. En cambio acá, las casitas están calefaccionadas, afuera puede estar nevando y adentro hacer 30 grados.

Aquí, en apariencia, todo está controlado. Al menos se sabe que la municipalidad hace controles sanitarios que consiste en exámenes físicos y análisis de sangre con el fin de averiguar el estado de salud de las chicas. En el caso de encontrarse infectadas, se les otorga algún tratamiento que mejore su situación y que además prevenga que se siga propagando la infección y, si los resultados son favorables, se les otorga la correspondiente libreta sanitaria, que les permite continuar con su trabajo.

Ellas se hacen ver a través del vidrio con linternas, mientras los autos pasan y nunca falta algún adolescente, que de la mano de un hermano mayor o amigos, llega hasta esta zona de la ciudad a iniciarse sexualmente.

Algunos hombres van a tomar una copa y se van. Otros van de turista y miran asombrados que en este país pueda existir algo así. Y recorren cada una de las cuadras, con los vidrios del auto bajo para mirar mejor y decidir donde estacionar. Políticos, abogados, profesionales, empleados, extranjeros, argentinos, todos pasan por acá, al menos para tomar ese trago que suba la temperatura de una fría noche.

Como le dije a mi amigo Cristian, las casitas son parte del folklore de este extremo sur del país. Tiene ese costado pintoresco de ser “único” en el país, dentro de un marco institucional que de alguna manera contiene la actividad.

Muchas chicas vienen de otras provincias, escapando de la pobreza y de la escasez de trabajo. He ahí la otra cara de la realidad. Atrás de estas mujeres, se encuentran innumerables historias mínimas con aires de soledad, desesperación, resignación y vergüenza. Y eso ocurre aquí, allá y en todas partes. Más allá de la contención de una libreta sanitaria.

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Mi pasado me condena

En las grandes ciudades uno puede encontrar todo tipo de hombres, y claro, cuanto más grande es la ciudad, más variedad de especímenes hay: el conservador súper estructurado, el hippie, el work alcoholic, el artista, el que sólo piensa en el sexo, el estándar (fútbol, asado y un trabajo rutinario), todo eso y más y en todas sus combinaciones posibles.

Justo Natalia, (una de esas amigas que cuelga el cartel de “no me importa nada”) se vino a enamorar de su polo opuesto: “el conservador”.

Había pasado un mes de esa relación más o menos formal, y sorprendentemente la historia iba sin sobresaltos. Hasta ese momento muchos empezaron a creer en la teoría de la “pareja-complemento”, el ying y el yang, la media naranja y toda esa suerte de sabiduría popular escrita en las páginas de las revistas femeninas.

Hasta que un día la furia de Atila se desató y no hubo nada que pudiera frenarla. Ella le había confesado su antiguo gusto de consumir, cuando era más joven, algún que otro cigarro non sancto, de esos que tantos dolores de cabeza le trajeron a Andrés Calamaro. Él, con todo su léxico de abogado se lo había anticipado: “es condición sine qua non que…”. Pero un día la rebeldía femenina le salió por los poros y allá fue su confesión.

Todo se cayó a pedazos. Una discusión que parecía no tener fin, terminó en un portazo y en un “no me llames nunca más”.

Ella pasó por todos los estadios, se sintió incomprendida y culpable de provocar una ruptura, sintió felicidad por sacarse de su vida a semejante hombre de mente estrecha, cuadrada y de léxico difícil (el latín no era lo suyo). Pero sobre todo, le quedó una gran duda dando vuelta por su cabeza: “¿Qué es mejor: contar todo sobre el pasado (después de todo, somos producto de ese pasado), o hacer una selección privada, una especie de edición digital, fina y súper cuidada de aquello ´contable´?”

Así, juntas en una charla de café (sin vicios más que el vicio de hablar…) elaboramos lo que denominamos “artillería pesada del pasado”. He aquí nuestra lista (con algunos comentarios al margen, sólo a modo ilustrativo) de esas cosas que quedan a gusto del consumidor exteriorizar o no con palabras…

*Confesar una (o más) infidelidades.Contar que este angelito alguna vez se olvidó las alas en el placard. Peligro. El sujeto en cuestión podría pensar que está en presencia de una potencial traidora.

*Admitir que ese ex que te dejó en llanta y cuesta arriba en realidad era casi un marido, con convivencia y esas cosas de matrimonio que no quiso ser. (Conozco un chico que cuando su novia le confesó que había convivido con su ex, no pudo parar de revolver con un cuchara el queso rallado que iba a acompañar a una lasaña que terminó fría y en la basura. Todo un símbolo. La sola idea de pensar a su novia como pareja de otro le dio tantas vueltas en la cabeza como vueltas le dio al queso… )

*Confesar un pasado de groupie, seguidora y fanática compulsiva de rock stars. Sin palabras. Un hombre del tipo machista, no lo soportaría.

* Desenmascarar el secreto mejor guardado: “Estas lolas no son mías” (bueno, a veces no hace falta sacarlo a la luz… hasta en la oscuridad esas cosas se presienten). De todas formas, para qué verbalizar ciertos detalles…¿no?

* Un affair con un compañero de trabajo. Él puede pensar: “riesgo de infidelidad en las horas extras”.

Duda final: ¿se podría decir que hay una confesión prohibida para cada tipo de hombre permitido? He ahí el dilema. O no.

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Bienvenida/o!!

Desde hoy, LAVOZ.com.ar está más diva que nunca…
DIVAS es uno de los blogs invitado de la versión digital del diario más importante del interior del país (que honor…!) Exitos para todos y chin, chin.

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