Aunque no todas las mujeres lo confiesen, y aunque el grado de fanatismo no sea por igual en todas, “hacer shopping” es una de esas actividades de la vida posmoderna que llenan algunos vacíos y vacían algunas cosas más o menos llenas (apelando a cierto humor negro, un día como esos lo titulo “billetera: bulímica por un día”).
La cuestión es que salir a comprar ropa, accesorios y darse un gustito material y haciendo de cuenta que estamos en el Fashion Emergency de People and Arts sienta muy bien de vez en cuando. Y si se comparte la actividad con amigas, es casi terapéutico.
A algunas les da por cazar descuentos y la época de liquidaciones, como la de ahora, es una oportunidad. Pero el precio de pagar un 20, 30 o 50 por ciento menos tiene su IVA invisible: no encontrás todos los talles, todos los colores y ni hablar de comprar con tarjeta de crédito, o terminarás pagando un pantalón desteñido y mil quinientas veces probado, como si fuera de estreno.
Pero hay algo peor que eso en un día de shopping: el probador. Cubículo hostil y siniestro de dos por dos, que generalmente no tiene esa distancia mínima para verte en perspectiva y decidir si llevar o no ese pantalón negro salvador y comodín de cualquier salida nocturna.
Ni hablar de los espejos, deformantes, pero deformantes mal… Y la luz del probador… ¡Quién puede verse linda con esas dicroicas que no perdonan nada!
Pero un día de shopping puede ser aún más dañino a la salud mental de cualquier mujer si por esas desgracias de la vida (de consumo) somos víctimas de aquel estereotipo de vendedora que todo opina, en todo se mete y ¡todo te quiere vender!
Si estás en medio de una lucha libre con el pantalón en cuestión, entrando panza, cola y quedándote sin aliento para subir el rebelde y trabado cierre, no hay cosa más terrible que en ese preciso instante entre “ella”, te abra la cortinita y pregunte: “¿Y… cómo te quedó?”
Antes de que vos contestes, ella ya emitió un “te queda divino”. Y lo peor es que algunas llaman a otra vendedora para que opine y a una clienta y al marido de la clienta y terminás teniendo una junta médica de opinólogos consecuentes con la vendedora original.
Hmmm… paren de mentir… ¿Y si mejor vamos por una talle más…? Y ahí vas por la segunda vuelta pidiéndole un 38 (no se trata de un revólver, no). “No, talles grandes no tengo”, dice ella con voz de “no es culpa mía”.
Paso siguiente: se aconseja cambiar de rubro. No es mala idea después de una experiencia así, probarse carteras y accesorios.
Cuando finalmente te decidís (tranquila y sin intromisiones) por el “objeto del deseo”, ahí arremeten ellas de nuevo y te quieren hacer la famosa (en términos de marketing) venta cruzada: si llevás una cartera, te quieren vender los zapatos, si llevás un corpiño, ahí van a la carga con una bombacha en la mano. “Flaqui, ¿no querés llevarte un cinto que te combine con la cartera, están en liquidación, son los últimos que me quedan, aprovechalos que ya se los llevan, no vas a encontrar otros así, además este color va justo con el de tus ojos y tu piel, si querés poder dejar una seña. ¿Cuánto tenés? ¿Diez pesos? Bueno dejá diez, yo te lo guardo, mirá que se acaban….”
¡Basta! A esta altura, no sé si es preferible vestir lo de siempre a tener que soportar la “macdonalización” de la moda. “¿Habrá buzón de sugerencias en este shopping…?”, dijo una amiga. “¿Y si vamos al Paseo de las Artes?”, propuso otra.
Bueno, está bueno el espacio, hace bastante que no te veo Silvia, espero que tus cosas estén bien, veo que laboralmente no te podes quejar, espacios de expresión no están faltando… che, te dejo un beso grande y mucha energía en lo tuyo.